Descubrirse diferente: la travesía de la neurodivergencia en la adultez
- Deborah Astengo
- 7 feb
- 3 Min. de lectura
Conoce los signos y cómo un diagnóstico adecuado puede mejorar la calidad de vida.

Mariana, una mujer de 34 años, se despertó con una sensación de desasosiego. Aunque había pasado años lidiando con una lucha interna que no lograba definir, ese día algo cambió. Decidió buscar respuestas. "Siempre pensé que era solo despistada o demasiado sensible", comparte Mariana mientras juega nerviosamente con su taza de café. Su historia, aunque única en detalles, refleja la experiencia de muchas personas adultas que descubren su neurodivergencia tardíamente.
En los últimos años, el concepto de neurodivergencia ha ganado mayor visibilidad, desafiando las concepciones tradicionales sobre el desarrollo neurológico. Se estima que alrededor del 15% de la población mundial es neurodivergente, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), lo que incluye condiciones como el Trastorno del Espectro Autista (TEA), el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), la dislexia y la disprasia, entre otros. Sin embargo, la mayoría de las investigaciones y diagnósticos han estado históricamente centrados en la infancia, dejando a muchos adultos sin respuestas claras sobre su forma de procesar el mundo.
Reconociendo los signos de la neurodivergencia
Como se mencionó anteriormente, la neurodivergencia, un término que engloba condiciones como el autismo, el TDAH, la dislexia y otros trastornos del neurodesarrollo, a menudo pasa desapercibida en la adultez. "En la infancia, estas características pueden ser más evidentes, pero en los adultos suelen confundirse con rasgos de personalidad o simples dificultades", explica la Licenciada Zulita Dioses, especialista en neurodiversidad.
En el caso de Mariana, los desafíos eran claros, aunque difíciles de verbalizar. "Tenía problemas para organizar mis tareas en el trabajo. Mis colegas decían que era caótica, pero yo sabía que era algo más", recuerda. Este patrón es común entre adultos neurodivergentes, quienes a menudo enfrentan dificultades en la organización, la gestión del tiempo y la comunicación social. Pero, ¿cómo diferenciar estas experiencias de las vivencias comunes.
La psicóloga Dioses menciona que algunos signos clave pueden incluir:
Dificultades para mantener la concentración o cumplir plazos, frecuentes en personas con TDAH.
Retos para interpretar señales sociales, como expresiones faciales o lenguaje corporal, típicos del espectro autista.
Preferencia por rutinas estrictas o patrones repetitivos de pensamiento, presentes en el autismo o el TOC.
Ansiedad ante cambios inesperados o situaciones que rompan con la rutina.
La Organización Mundial de la Salud advierte que estos síntomas, cuando no se reconocen, pueden malinterpretarse y llevar a diagnósticos erróneos o a la falta de apoyo adecuado. Para Mariana, el momento decisivo llegó cuando leyó un artículo sobre TDAH en mujeres adultas y decidió buscar ayuda profesional.
El diagnóstico y el camino hacia el bienestar
El diagnóstico no fue inmediato ni sencillo. "Tuve que pasar por varias evaluaciones y entrevistas que exploraron desde mi infancia hasta mi vida adulta", relata. Según Dioses, este proceso detallado es esencial para diferenciar entre características de la personalidad y un trastorno neurológico. En el Perú, el Ministerio de Salud (MINSA) está comenzando a reconocer la importancia de atender la neurodiversidad en adultos, integrando programas de diagnóstico y tratamiento en sus servicios de salud mental.
Pero el diagnóstico es solo el inicio del camino. "Cuando me dijeron que tenía TDAH, sentí un alivio inmenso, pero también me llené de preguntas: ¿qué hago ahora?", confiesa Mariana. La respuesta a esa pregunta puede variar según las necesidades de cada persona. Algunas opciones incluyen terapia psicológica, como la cognitivo-conductual, coaching especializado y el apoyo de familiares y amigos.
"El apoyo de mi familia fue fundamental", dice Mariana con una sonrisa. "Cuando les expliqué lo que pasaba, dejaron de verme como la despistada de la familia y comenzaron a entenderme". Este tipo de comprensión, subraya la psicóloga Zulita, es crucial para el bienestar emocional de las personas neurodivergentes.
En el país, organizaciones como la Asociación Peruana de Autismo y ADHD Perú están marcando la diferencia, ofreciendo recursos y orientación para quienes buscan respuestas, como Mariana. "La sociedad tiene que dejar de ver la neurodivergencia como una deficiencia y comenzar a valorarla como una forma única de ser", reflexiona.
Hoy, Mariana se siente más segura y optimista. Aunque todavía enfrenta desafíos, sabe que no está sola. "Descubrir mi neurodivergencia no solo me ayudó a entenderme mejor, sino que también me dio herramientas para vivir una vida más plena", concluye. Su historia es un recordatorio de que, con el diagnóstico adecuado y el apoyo necesario, cada persona neurodivergente puede alcanzar su máximo potencial.
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