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¿Existe el hijo favorito? La verdad detrás de la preferencia parental

  • Foto del escritor: Elizabeth Espinoza
    Elizabeth Espinoza
  • 28 feb
  • 3 Min. de lectura
  •  Aunque muchos padres lo niegan, estudios científicos demuestran que más del 70% tienen un trato preferencial hacia uno de sus hijos, aunque solo el 10% lo reconoce.

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Foto: Freepik


En muchos hogares, en algún momento nos hemos preguntado si alguno de nuestros progenitores tiene un hijo favorito. La respuesta inmediata suele ser un “No” rotundo. Si se lo preguntamos directamente a nuestros padres, la reacción típica es: “¿Cómo voy a tener un hijo favorito? ¡Yo los quiero a ambos por igual!


Sin embargo, según una encuesta del portal de datos públicos YouGov, solo uno de cada diez progenitores admite tener un hijo predilecto.


Reconocer que tienes un descendiente favorito es uno de los grandes tabúes de la crianza, porque choca con el ideal de la madre o el padre perfecto, aquel que debe ser siempre justo y equitativo”, señala la psicóloga Sara Tarrés, autora de Mi hijo me cae mal

No obstante, existen evidencias científicas que indican lo contrario. Es común que los progenitores tengan un hijo favorito. Un estudio publicado en 2005 por investigadores de la Universidad de California-Davis (EE. UU.) reveló que hasta el 74 % de las madres y el 70 % de los padres muestran un trato preferencial hacia uno de sus hijos. Por su parte, un metaanálisis reciente sugiere que las niñas, los hijos menores y aquellos que son más responsables y organizados suelen recibir un trato más favorable por parte de sus padres.


Cada hijo despierta en sus progenitores sentimientos distintos, en gran medida por sus características individuales, afirma Raquel Huéscar, psicóloga perinatal y miembro del Colegio Oficial de la Psicología de Madrid. Tarrés respalda esta idea y señala que las emociones y subjetividades de los padres influyen inevitablemente en la relación con sus hijos: “Es natural conectar más con ciertos hijos en determinados momentos, ya sea por su temperamento, personalidad o circunstancias específicas”.


Ambas expertas coinciden en que los hijos favoritos suelen ser aquellos que, desde la perspectiva adulta, fueron más fáciles de criar: niños con temperamentos tranquilos, dóciles o que muestran rasgos como la responsabilidad y la amabilidad. Esto se debe a que su buen comportamiento refuerce en los progenitores la idea de que están haciendo un buen trabajo como padres.


"Tener un hijo favorito no implica querer menos a los demás", explica Tarrés. Reconocer una inclinación hacia uno de los hijos no debe interpretarse como un amor reducido hacia los demás, aunque este concepto no siempre es fácil de aceptar. Huéscar añade que el favoritismo puede variar con el tiempo a medida que los niños crecen y sus personalidades cambian.


Por ejemplo, un hijo con un temperamento más fácil en la infancia podría volverse más distante en la adolescencia, mientras que otro que fue desafiante en la niñez puede convertirse en un adulto más cariñoso. Como señala Tarrés, el amor hacia los hijos no siempre es uniforme ni tan incondicional como se suele pensar, ya que, al ser humanos, ese amor tiene matices.


La autora de Mi hijo me cae mal enfatiza que es fundamental que los padres gestionen esta situación de manera consciente para evitar generar desigualdades emocionales entre sus hijos. Según la experta, los niños, incluso a edades tempranas, perciben cómo es su relación con sus padres. Por ello, recomienda evitar demostrar favoritismos evidentes, ya que pequeños detalles, como el tono de voz, el tiempo dedicado a cada hijo, la calidez en los gestos o la manera en que se les trata frente a otros, pueden ser señales claras de preferencia.


Un estudio publicado en 2023 en la revista Family Relations , titulado Young adult's retrospective reports of family cohesion, Parent Differential Treatment, and Sibling Relations , concluyó que las diferencias percibidas por los hijos en cuanto al trato y control de los padres pueden afectar la relación entre hermanos y la dinámica familiar en general. Tarrés advierte que, cuando el favoritismo es demasiado evidente, tiene consecuencias para todos los involucrados.


El hijo favorecido puede sentir la presión de cumplir con las expectativas de sus padres, lo que podría generarle estrés, ansiedad o una identidad limitada. Por otro lado, el hijo menos favorecido podría desarrollar baja autoestima, sentirse rechazado o manifestar conductas disruptivas en busca de validación. Además, esta dinámica puede fomentar la rivalidad y el resentimiento entre hermanos, debilitando los lazos familiares a largo plazo.


Finalmente, Tarrés señala que, aunque el amor hacia los hijos pueda expresarse de manera diferente, es crucial ser conscientes de estas dinámicas para evitar que el favoritismo impacte negativamente en la familia. Para prevenir consecuencias emocionales, se recomienda reflexionar sobre las acciones diarias, equilibrar la atención entre todos los hijos y reconocer la individualidad de cada uno, respetando sus necesidades y características particulares.

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