La "teta asustada": ¿se puede heredar el miedo?
- Redacción Qhali
- 18 mar
- 5 Min. de lectura
La teta asustada es un mal del campo caracterizado por la transmisión del sufrimiento o susto de la madre al bebé.

Durante el periodo de violencia en el Perú, entre 1980 y 1990, se registraron aproximadamente 69,280 víctimas mortales. La complejidad de esos años, en los que las comunidades andinas quedaron atrapadas entre el temor a las Fuerzas Armadas y a los grupos subversivos como Sendero Luminoso, dejó secuelas físicas y psicosociales, entre ellas el mal de la teta asustada.
El periodo de violencia en el Perú: la clave para entender la teta asustada
Tras dos años de investigación y casi 17 mil testimonios, la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CVR) publicó su Informe Final el 28 de agosto de 2003. Los objetivos eran examinar las causas y consecuencias del periodo de la violencia de las décadas de 1980 y 1990.
Entre las conclusiones de Informe, estaba el número de víctimas fatales: aproximadamente 69 mil 280 personas. Además, el 79% de las víctimas vivía en zonas rurales y el 75% tenía al quechua u otras lenguas nativas como idioma materno.

La CVR identificó diversas secuelas psicosociales en individuos, familias y comunidades debido a hechos traumáticos que no pudieron ser procesados de manera correcta. Una de ellas es la teta asustada, un fenómeno observado en comunidades campesinas afectadas por la violencia.
¿Qué es la teta asustada?
“Mi hija nació al día siguiente de la matanza de Lloqllepampa. Estaba escondida en una choza. Le tuve que botar a mi esposo porque si venían los militares le hubieran matado. Solita me atendí. Ese tiempo escondiéndonos, ni siquiera tenía leche para darle a mi bebé. ¿De dónde le iba a dar si no comía? Un día me habían dicho: ‘Si le dejas a tu hija en el cerro, se puede morir’. Recordando eso le dejé en un cerro para que se muera. ¿Cómo ya iba a vivir así? Yo le había pasado todo mi sufrimiento con mi sangre, con mi teta. La veía de lejos, pero como lloraba mucho tenía que regresar a recogerla porque si los soldados escuchaban, hubieran venido a matarme. Es por eso que digo que mi hija está ahora traumatizada por todo que le he pasado con mi leche, con mi sangre, con mis pensamientos. Ahora ella no puede estudiar. Ya tiene 17 años y está en quinto grado. No puede pasar, todos los años repite. Dice que le duele la cabeza, le quema, qué será, susto. Desde bebita era así”, relata Salomé Baldeón, campesina de la comunidad de Accomarca, Ayacucho.
Kimberly Theidon, antropóloga médica y profesora en la Universidad de Harvard, investigó comunidades rurales del norte y centro-sur de Ayacucho, documentando sus secuelas tras el conflicto armado. El fruto de este trabajo es el libro Entre prójimos: El conflicto armado interno y la política de la reconciliación en el Perú, uno de los referentes más importantes acerca de las consecuencias de la violencia política de fines del siglo veinte.

En estos estudios, Theidon recoge la teoría de la transmisión del sufrimiento materno al bebé a través del útero, la sangre o la leche. Se dice que esta transmisión, conocida como teta asustada, deja a los niños más propensos a padecer epilepsia.
Un estudio en Chile, realizado por investigadores de la Universidades de California-Berkeley y Chapel Hill, analizó el impacto de la violencia política en madres gestantes. Para buscar a las progenitoras, los investigadores prestaron atención a los barrios habían sufrido más por la violencia política o las desapariciones durante la dictadura de Augusto Pinochet. Se observó que las mujeres de barrios más afectados por la violencia política tuvieron cinco veces más complicaciones en el embarazo y el parto que otras.
El caso de Accomarca
El 14 de agosto de 1958, durante el conflicto entre Sendero Luminoso y el Estado Peruano, una patrulla del Ejército ingresó al pueblo de Accomarca y asesinó a 69 personas indígenas, incluyendo niños y ancianos. La mayoría de los sobrevivientes y familiares de las víctimas huyeron a Lima y se integraron a una organización de víctimas.

Theidon observó un fenómeno particular en Accomarca. Al momento de la masacre, varias mujeres estaban embarazadas o a punto de dar a luz. Años después, la antropóloga clínica identificó a siete jóvenes nacidos en esas fechas con problemas físicos y mentales.
“Sufren de ceguera o sordera, o son sordomudos; dos tienen epilepsia. Lo que queda claro es que, en todos los casos, las madres de estos jóvenes fueron testigos de la matanza de Lloqllepampa”, destaca Theidon. “Vale la pena considerar la relación que los comuneros y comuneras construyen entre la violencia horrenda y el nacimiento de bebés ‘dañados’”.
Como concluye la profesora de la Universidad de Harvard, resulta revelador tanto lo que dicen los estudios como lo que creen las comunidades campesinas: la violencia y el terror pueden dejar marcas en las madres y en sus hijos, transmitiendo la memoria social del dolor de una generación a otra.
FUENTE: Theidon, K. S. (2004). Entre prójimos : el conflicto armado interno y la política de la reconciliación en el Perú (1a ed.). IEP Ediciones.
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