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La tormenta de la ira: aprender de los errores para sanar

  • Foto del escritor: Lorena Said
    Lorena Said
  • 21 feb
  • 3 Min. de lectura
  • La ira es una emoción que muchas veces sentimos que nos inunda, por ello reflexionamos sobre esta emoción.

la ira

La ira, esa emoción tan intensa que a veces parece tomar el control de nosotros. El grito que sale de nuestras entrañas, el golpe que ni siquiera sabíamos que podíamos dar, el estruendo que se hace eco en el espacio y, sobre todo, el miedo que dejamos en los ojos de los demás. Es un estallido tan grande que, cuando se apaga, nos deja con una sensación de vacío y desconcierto. ¿Cómo llegamos hasta aquí? ¿Qué pasó?

 

El momento de la ira es como un tornado emocional. Nada parece tener sentido y todo se convierte en un caos. En ese estado, la razón parece irse de vacaciones y, por unos minutos, te conviertes en un ser completamente diferente, un ser que no reconoce su reflejo, un ser que no sabe lo que está haciendo. Te ha tomado por sorpresa, y en el proceso, también ha asustado a aquellos que te rodean. Es como si, de repente, hubieras salido de ti mismo y, al mirar atrás, te encuentras con los pedazos de todo lo que destruiste.

 

Pero, aquí viene la parte difícil: después de que la tormenta pasa y la calma regresa, ¿qué queda? Te miras al espejo, te enfrentas a tus actos, y ahí está. El arrepentimiento. La culpa. El "¿cómo pude hacer esto?" Una ráfaga de vergüenza te envuelve. Has causado un daño, te has alejado de los demás, y, sobre todo, te has alejado de ti mismo. La ira te ha controlado, te ha transformado, y lo peor de todo es que ahora ves lo que hiciste con claridad. ¿Qué hacer con eso?

 

Aquí viene el punto clave: ¿es mejor justificar lo injustificable o reconocer que has fallado? Podrías encontrar excusas. Podrías decir que estaba tan estresado, que la situación era demasiado difícil, que "no lo podía controlar". Pero al final, esas excusas no borran el daño. No curan las palabras lanzadas al viento, ni reparan los corazones rotos por un golpe impulsivo. Lo que realmente importa es lo que haces después del estallido.

 

Reconocer que fallaste, que la ira te nubló, es uno de los pasos más valiosos hacia el crecimiento.

No es fácil, por supuesto. La culpa te consume y te hace querer esconderte del mundo. Pero, en lugar de seguir hundiéndote en la vergüenza, es momento de levantarse. La autocrítica puede ser dolorosa, pero es necesaria. Al final, el hecho de que te des cuenta de tu error es una victoria, porque hay algo mucho más grande que la ira: la capacidad de aprender de ella.

 

La verdadera madurez no radica en nunca cometer errores, sino en ser consciente de ellos y esforzarse por no repetirlos. Cuando logras frenar ese ciclo de ira, y te das cuenta de que ya no necesitas justificar lo injustificable, es cuando realmente comienzas a sanar. Y, aunque el proceso no sea fácil ni rápido, te felicito por el primer paso: reconocer que fallaste. Porque de todas las emociones humanas, la culpa puede ser la más destructiva, pero también puede ser la más liberadora cuando la usas como combustible para mejorar.

 

Entonces, sí. A veces gritar, golpear, explotar, es parte del proceso. Pero lo más importante es lo que haces después. Reconocerlo, aprender de él, y jamás jactarte de los errores cometidos. La vida es un aprendizaje constante, y cada vez que caemos y nos levantamos, nos hacemos más fuertes.

 

No se trata de ser perfecto, sino de ser mejor. Y aunque la ira te haya nublado, el hecho de que ahora seas consciente de ello te coloca en el camino correcto.

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