¿Por qué tomar decisiones cuando podemos esperar que alguien más lo haga por nosotros?
- Lorena Said
- 27 mar
- 3 Min. de lectura
Reflexionamos junto a Lorena Said sobre la toma de decisiones.

A todos nos ha pasado. Estás en medio de un mar de decisiones y, en lugar de tomar el timón y empezar a navegar, prefieres sentarte a esperar que alguien más lo haga por ti. “Oye, ¿por qué no tomas tú la decisión?” - ¿Te suena familiar? Claro, es mucho más cómodo dejar que otro se encargue de todo, porque si fallamos, bueno, al menos no somos nosotros los responsables, ¿verdad?
La verdad es que, aunque nos lo pinten bonito, vivir con un barco sin timón es como estar a la deriva, esperando a que el viento nos lleve a algún lugar, sin importar a dónde. En teoría, esa es la vida fácil, sin decisiones incómodas ni cambios de rumbo. Si algo sale mal, bueno, ¿quién lo dirigía? ¡No fue mi culpa!
Es como esa sensación de pedirle a un amigo que elija la película en Netflix. Tú lo sabes, lo has hecho más de una vez. “Elige tú, no sé qué ver.” Al principio suena a una gran idea, pero, en cuanto te das cuenta de que estás mirando la película que nunca quisiste ver (esa que sabes que es un meme de mala calidad), empiezas a cuestionarte: "¿Por qué no tomé la decisión yo? ¡Ahora me he atrapado en esta comedia de bajo presupuesto!" Pero bueno, en ese caso, es solo una película. La vida real tiene consecuencias más grandes.
Lo realmente gracioso (y un poco triste, si nos ponemos serios) es que, al final del día, no tomar decisiones no nos salva de nada. Pensamos que, al dejarle la responsabilidad a otro, nos libramos del riesgo, pero lo que realmente estamos haciendo es perder nuestra autonomía. Nos quedamos ahí, esperando que alguien venga a tomarnos de la mano y nos guíe como a un niño. ¿Y cuándo se acabará esa espera? ¿Qué tal si, en lugar de quedarnos parados en la orilla esperando el bote salvavidas, decidiéramos zambullirnos en el agua y nadar hacia donde queremos ir?
Claro, es más fácil quejarse de las decisiones de los demás que tomar nuestras propias riendas. ¡Es mucho más cómodo mirar cómo alguien más se equivoca! Pero, al mismo tiempo, la vida sin autonomía se convierte en una especie de serie de televisión interminable. No importa lo que pase, no importa cuántos episodios tengan, siempre estás esperando que el próximo capítulo lo resuelva alguien más. El problema es que nunca llegas al final. Sigues atrapado en la misma historia.
Ahora, claro, esto no significa que tomar decisiones siempre sea fácil. No lo es. Pero la verdad es que, al final, tener el control es mucho más satisfactorio. Claro, cuando fallamos, no podemos señalar con el dedo a nadie más. Pero también cuando ganamos, sabemos que esa victoria es nuestra. El único problema es que ese pequeño demonio llamado miedo a tomar acción nos hace quedarnos paralizados en el sofá de la vida, esperando un milagro.
Y si algún día llegas a sentir que no sabes qué hacer, aquí va el truco: ¡elige algo! Y si no funciona, ¡elige otra cosa! Porque lo peor no es equivocarse, lo peor es quedarte parado esperando que alguien venga a salvarte. La autonomía no es solo para los valientes, es para todos los que se cansaron de vivir esperando un guía.
Entonces, ¿por qué vivir a la deriva cuando podemos tomar el timón y dirigir nuestro propio barco? Puede que no lleguemos a puerto seguro en el primer intento, pero al menos habremos aprendido a navegar, y eso, créeme, ¡es un logro mucho más grande que quedarnos siempre en la orilla!
Así que, la próxima vez que te enfrentes a una decisión, no dejes que el miedo te haga esperar. ¡Hazlo! O al menos, si te equivocas, asegúrate de que la próxima película que elijas en Netflix sea la mejor de todas. Y si no, bueno, siempre te quedará la opción de culpar a otro.
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